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A esas rocas que me salvaron la vida.

A esas rocas que me salvaron la vida.

El último día del año me caí, metafóricamente ya suele suceder: te caes y te levantas, así es la vida. Yo me caí literalmente. Montada encima de Mora, una yegua marrón oscuro tirando a negro brillante que con solo verla me robó el corazón. Al acariciarla de golpe regresé 26 años atrás, madre mía, 26 ya han pasado desde que me bajé por última vez del caballo. Mi postura se volvió erguida y rápidamente mi cuerpo conectó con la esencia dormida de mis manos cogiendo las riendas, de mis pies sujetos en los estribos, y de mi alma amando la brisa en la cara, desde ahí arriba, y de la sensación de libertad más total que jamás he llegado a sentir. Fue una mala caída decían los expertos, el suelo repleto de grandes rocas y cayendo de espaldas no favorecía mi diagnóstico. Estuve a milésimas de segundo de perder el conocimiento y en el momento del impacto mi mente no paraba de repetirme “me he roto en dos”.

Después de esto, después del diagnóstico de un cáncer, después de la muerte inesperada de un ser querido, en definitiva, después de acontecimientos que nos sacuden de golpe y porrazo: REPLANTEAS. Te vuelves a plantear si vives con suficiente presente, si quieres de verdad, si eres feliz en tu trabajo, y mil cosas más. Replanteas porque lo imprevisible es uno de nuestros peores enemigos. Vivimos de nuestros pensamientos de pasado y futuro constantes, ¿qué haríamos sin ellos? Vivimos por y para ser los mejores de los mejores en nuestro trabajo, y muchas personas haciéndolo a toda costa sin pararse a pensar en efectos colaterales de decisiones que toman por su bien e interés. Vivimos liderando egos, para salir victoriosos de todo, de discusiones con nuestra pareja, consejos a nuestros hijos, o de chismes de nuestros “amigos”.

Pero lamentablemente, el click que hiciste cuando sucedió la sacudida emocional, vuelve a hacer de nuevo un giro y empiezan de nuevo a nacer en ti pensamientos y discurso de tu “yo de antes”. ¿Y cuánto dura ese yo renovado, ese yo que vive todos los días de su vida, ese yo que tiene en cuenta al prójimo? Deseo que el mío sea por mucho tiempo.

Al caer observas quién está y quién no está a tu lado, y también como los que están al principio y muy constantes, dejan de estarlo. Yo aún tengo dolores. Después de la caída, por supuesto y como buen ser humano que soy replanteé. Y sigo replanteando aún porque está siendo como una caída en espiral, empezó por la caída y siguen cayendo otras piezas. Martina cree que ella también se cayó del caballo, gran impacto también para ella.

Un gran profesional y grandísima persona me explicó que las caídas a caballo conllevan grandes cambios y me contó esta historia: “Tras el mandato de las autoridades judías, San Pablo, debía perseguir a los cristianos, pero mientras cabalgaba, un resplandor del cielo (que sólo él vio) le hizo caer del caballo dejándolo ciego, mientras se oía una voz que decía Saulo, Saulo, por qué me persigues (Saulo era su nombre hebreo y Pablo su nombre romano). Tras esta fuerte vivencia San Pablo fue bautizado y llegó su conversión.

Mi conversión a día de hoy y después de agradecer a esas rocas que me salvaran la vida y a la caída en espiral de estos últimos días son:

  • No hagas de un mal momento, un mal día.
  • Nuestra mente no entiende de días, entiende de momentos.
  • Deja de ser quien quieren que seas, y sé tu prioridad.
  • Decido alejarme de personas que dejan cicatrices en mí, y no huellas.

 

Y me quedo con una frase que me dijo una persona que sí ha estado cada día a mi lado (¡gracias! ;):

“Que llegue quien tenga que llegar,

que se vaya quien se tenga que ir,

que duela lo que tenga que doler…

que pase lo que tenga que pasar”.

Mario Benedetti

 

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