Lo sé, deseas invadirme en este momento. Tu sed se multiplica por instantes. Recorres mi cuerpo como una especie de escáner de a bajo arriba, lentamente hasta permanecer inmóvil en la nuez de mi garganta. Ahí estas cómoda. Es tu faro. Lo tienes controlado. Me tienes. Bloqueada e intimidada al principio, y a los pocos minutos entre la espada y la pared: no debes equivocarte. No hay opción.

Nuevos retos, caminos que se abren en forma de oportunidad, metas escritas en la lista de “objetivos de este año”, y te vuelvo a encontrar, ahí. Sentada mirándome a los ojos fijamente. Faltándome el aliento para poder llegar. Llegar a dártelo todo. Darte todo de mi. Todo sin llegar. Porque por mucho esfuerzo, mucha dedicación y trabajo, mucho pensar en la mejor opción, y mucho todo, tú nunca vas a estar satisfecha, y vas a soltar ese “Sí, pero…”

Te alejas, me humillas y desapruebas mi yo, mi esfuerzo, mi todo. Y alimentando mi necesidad de autoevaluación una vocecita susurra: “no voy a poder” “no soy capaz” “no merezco esto”.

Es entonces cuando juzgar (ME) tiene un precio.