Y no ha sido fácil. ¿Y qué lo es? Mucho trabajo personal. Es de las cosas que más me ha costado. Que lo demás te afecte en su justa medida. Relativizar. Darle el valor exacto, ni más ni menos, que el que le toca. No el que tú le darías. No el que te gustaría que te dieran. Sino, el que es. El que te merece. Centrada. Y con eso no me refiero a pensar solamente en ti y en ti. No, no es eso. Es lo que hay dentro de ti.
Fácil la teoría, difícil la práctica. Y sí, se puede. Se puede, pero se tiene que sentir. Desde dentro. Y no es un cuento. Sentirlo, pero no desde la razón de la página 74 del libro que te ayuda ni tampoco desde la frase que tienes imantada en la nevera que te lo recuerda. Es un click. Un click que te salva la vida.

Abro un paréntesis con este cuento que abre ojos:
El maestro zen Hakuin era conocido entre sus vecinos como aquel que llevaba una vida pura. Cerca de su casa vivía una jovencita japonesa muy atractiva cuyos padres regentaban una tienda de comidas.
Una mañana, repentinamente, los padres descubrieron con espanto que la muchacha estaba embarazada. Esto puso a los tenderos fuera de sí. La joven, al principio, se negó a delatar al padre de la criatura, pero después de que la hostigaran y amenzaran acabó dando el nombre de Hakuin.
Muy irritados, los padres fueron en busca del maestro y lo increparon. Le dijeron que estaban ofendidos y que había actuado mal. Él se limitó a decir: “¿Ah si?”
Cuando el niño nació, lo llevaron a casa de Hakuin para que éste se hiciera cargo de criarlo. Pero entonces había perdido ya toda su reputación, pero no faltaron atenciones en la crianza del niño. Los vecinos daban a Hakuin leche y cualquier cosa que el pequeño necesitara.
Transcurrió un año, al cabo del cual la joven madre no pudo persistir en la mentira y confesó que el auténtico padre del niño era un hombre joven que trabajaba en la pescadería del pueblo.
La madre y el padre de la chica fueron enseguida a casa de Hakuin para pedirle perdón. Después de deshacerse en disculpas, le rogaron que les devolviese al niño.
Hakuin no puso ninguna objeción. Al entregarles al pequeño, se limitó a decir: “¿Ah, sí?”

Cierro paréntesis. Porque cuando vives una y otra vez los mismos episodios y piensas, la próxima vez será distinto, no voy a volver a hacer esto o lo otro, y caes, no lo sientes, lo piensas, lo razonas, lo explicas y compartes. Y es cuando lo de afuera, sea lo que sea, te hace sentir un “¿ah sí?” en tu interior que ves que ¡ahora sí! Y es solo entonces, cuando abres los ojos y te das cuenta de que lo que eras, ya no es. Y ya nada tiene sentido sino es con tu esencia. Esa que ha estado tapada en mil capas, enterrada y castrada. Hablo de centrarte en mi interior.

No machacarme y machacarme por todo y por nada. Ser paciente. Respirar. Algo tan automático como respirar y a la vez tan superficial si no estas viva de verdad. Abrazarme, quererme y respetarme sin culpa, validando mis pensamientos, mis palabras y mi voz. Curar heridas del pasado, del presente. Hablo de ser amable conmigo misma.

Nunca me he considerado rencorosa. De hecho se me olvida fácilmente lo que me hayas podido decir o hacer hace una semana… Pero sí me acuerdo del dolor, de la decepción. Eso se queda, y cuesta y escuece. Y dar gracias a todo lo que me hirió, a todo lo que me faltó, también me ha curado y está cicatrizando. Y darte cuenta de que en ocasiones no actúas como debieras, sana otros vínculos que creí no pudieran hacerlo nunca. Hablo de agradecer y pedir perdón. El perdón no como una gracia concedida, no como un ser superior. Perdonar como aceptación y respeto desde el amor y la humildad.

Y con todo esto que os explico. Llegó la quinta fortaleza:

Agradecer a mis raíces todo lo que me han dado. Todo lo que he recibido de ellas. Lo bueno y lo menos bueno. Y darme permiso para arrancarlas y salir de ese pozo para descubrir nuevos horizontes con unas nuevas alas. Todos tienen su lugar, y yo también el mío. Hablo de desanclarme. Levantar las anclas. A menudo amanecía con miedos y dudas y me preguntaba ¿y si… ?, ahora sale el sol y me pregunto ¿por qué no? Osho dice que la libertad es la capacidad de decir sí cuando es necesario un sí, de decir no cuando es necesario un no, y a veces, de callarse cuando no es necesario nada: permanecer en silencio, no decir nada. Cuando todas estas dimensiones posibles están al alcance, hay libertad.

Y con libertad, paz y mucho amor este verano voy a vivirme con mi pequeña familia a(l) otro lado, con un billete solo de ida.

Mallorca, allá vamos con los brazos, los ojos y los corazones abiertos a impregnarnos de tu serra y tus aguas, a perdernos por tus rincones. A “bategar ben fort”. Deseando acompañaros peques, papás y mamás, haciendo equipo.
Gracias a mis angelitos de la guarda isleños que nos han colocado unos cojines para que el aterrizaje sea suave,  abriéndonos puertas y ventanas, aun estando aquí.

Así que bienvenidas TODAS LAS PERSONAS que encuentre en mi camino. Alegría con todo lo que venga y todo lo que se dé.