(El buen hijo)

No nos lo podemos permitir. No ahora, no. Que te vayas de Erasmus, y hasta febrero… Alberto, es más, piensa que vamos a estar lejos 6 meses y que no podremos venir a verte, y qué vas a hacer tú en Bruselas, si apenas hablas idiomas. Y con lo joven que eres, tienes toda la vida para viajar, y estudiar en el extranjero si es lo que te apetece.

Alberto trabajó todos los fines de semana el año pasado. Vive en Bruselas, vuelve en julio a Madrid.

(El hijo bueno)

Suerte tenemos con nuestro Alberto. Ya ves, se le pasó por la cabeza irse a Bruselas a acabar segundo de carrera, pero es que ahora, tal y como están los tiempos… ya se lo dijimos. Alberto, yo no trabajo y tu padre ya sabes como va. No, no. Ya vendrán tiempos mejores. Tan joven, tan lejos, ¿qué iba a hacer ahí?

Alberto está acabando segundo de Derecho, en Madrid.

Entre el amor y la culpa, una delgada línea. Cuando sentir que pertenecemos, que nos aman, y que somos queridos, pasa por encima de lo que nosotros sentimos, pasa por encima de nuestras vidas, nos vestimos con el traje de buen hijo. Vaya a ser que decepcionemos a nuestros padres, que no nos perdonen.

Cuando crecemos fuertes y sanos emocionalmente. Cuando el apego se DESpega cuando toca, porque toca, y porque llega. Cuando hacemos hijos adultos no culpables ante su vida, el traje cambia. La gafas de ver el mundo son las suyas, y no las que tú le pones como madre, como padre.

Tejer un traje u otro. Vestirte con él. Habitar un cuerpo de 10 teniendo 25. Viviendo una historia que narran por ti. Un simple títere que observa detrás del telón como pasa la vida, como pasa su vida.

¿Haces de tu hijo un buen hijo o un hijo bueno?