Desde el principio, Carla se muestra tal y como es. Es una niña maravillosa, con un brillo especial en los ojos. Es muy parlanchina y no le cuesta expresarse conmigo. Me cuenta cómo le va la escuela, que en el recreo hay dos niñas que le obligan a que ella haga de niño, y que ella lo pasa mal porque no quiere ser un niño, ¡yo soy una niña! -me explica indignada-.

Durante la primera sesión me centro en lo que ella quiere explicarme, sin intervenciones por mi parte que la puedan distraer de su foco, que son las dos niñas del colegio.

Al acabar y hacer entrar a sus padres, me explican que el motivo de consulta efectivamente es el que me ha contado Carla. Hay dos niñas en la escuela que cada vez más le están haciendo la vida imposible. No la dejan elegir con quién ir, la obligan a ir con ellas dos, y a jugar a que ella debe ser un niño, hasta el punto de haberse cortado el pelo muy corto, bañarse con el gel de ducha de hombre y ponerse la colonia de su padre, para que ellas estuvieran contentas.

Fíjate hasta qué punto puede llegar alguien por ser aceptado. Trabajé con ella su confianza, seguridad en ella misma, su auto concepto y sobre todo sus habilidades de empoderamiento a decir NO. 

Al cabo de cuatro sesiones, Carla vino a verme. Estaba muy contenta. Me explicó que por fin había podido decirles a aquellas niñas que no quería jugar con ellas, que ella no era un niño, pudo jugar con quien ella quiso, y que entendía que las mejores amigas no hacen esas cosas. 

Os prometo que la cara de orgullo y satisfacción de Carla aquél día era para hacerle una foto y colgarla en el despacho. Los padres hicieron un grandísimo trabajo, acompañando y reforzándola, y dando espacio y tiempo a Carla.

Gracias Carla y familia por vuestro gran trabajo. ¡hasta siempre!