Te pongo en situación. Marga vino hace tres semanas a verme. Tiene una hija, Lucía, de 9 años, muy inteligente. Nunca ha tenido problemas a nivel académico y siempre ha sido muy trabajadora e inteligente. Desde que ha empezado el nuevo curso, se niega a trabajar en clase y cada tarde tiene que acabar en casa las tareas que no ha terminado durante el día. Marga, desesperada se pone muy nerviosa y cuando le pregunta a su hija qué le ocurre, siempre reacciona diciéndole: “¡déjame mamá!” o se pone a llorar gritando que no le pregunte nada más. Lucía día sí, día también, trae avisos en su agenda informando entre otras cosas que se distrae en clase y que no hace los deberes.

Marga se siente desbordada y preocupada por su comportamiento. Y la única forma que tiene ahora de que Lucía se centre es castigarla cada dos por tres.

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Tarde o temprano llega este momento en el que crees que alguien ha cambiado a tu hijo. Deja de ser el niño que siempre ha sido, deja de hablar como lo hacía, de ser cariñoso contigo, no te tiene tanta confianza y todo pasa a ser más complicado.

Tengo que avisarte de algo, paralelamente a lo que le ocurre a tu hijo, debes estar alerta en lo que está ocurriendo en este momento y es que estás perdiendo la conexión de la mirada con tu hijo. Me gusta poner un ejemplo con esta metáfora: es como si la radio se desincronizara y empezaras a comunicarte con interferencias.

Ten muy en cuenta esta premisa: Hay una relación directa entre lo que siente tu hijo y cómo se comporta. De hecho, ahí está la base de la gestión emocional en casa.

Saber detectar esos detalles y valorarlos como una llamada de socorro de tu hijo es la clave para poder atenderle y ofrecerle herramientas para poder resolver aquello que le esté preocupando o asustando y no darle la espalda pensando que se comporta de ese modo para hacerte enfadar. Ten en cuenta que tu hijo crece, evoluciona, y por mucho que no te guste: CAMBIA.

¿Qué hacer en casos como los de Lucía en los que estamos desesperados por ayudarles y no sabemos cómo ayudar?

Investiga. Averigua por qué se comporta de ese modo. En qué ha cambiado. No centres tu foco en los avisos de la agenda, y aprovecha cualquier momento que tú hijo y tú estéis tranquilos para preguntarle si puedes ayudarle en algo, si todo está bien, si hay algo que le preocupe. Ese es una buena manera para volver a conectar vuestras miradas y una oportunidad para poder indagar realmente en lo que está viviendo tu hijo y ayudarle.