A raíz de haber visto el otro día el vídeo que os adjunto al final, me apetecía compartir con vosotros mi experiencia profesional entorno a los mensajes de doble vínculo, término acuñado por el gran Gregory Bateson.

En muchas ocasiones los pequeños reciben mensajes contradictorios e incoherentes. Dos imperativos entran en conflicto. Ninguno de esos dos mensajes puede ser ignorado pero tampoco cumplido, porque el cumplimiento de uno anula la posibilidad de cumplir el otro.

Los niños aprenden a intuir esos mensajes y a responder según lo que perciban que reciben: un castigo o un premio.

Pongamos ejemplos reales: La mamá de Jan le decía el viernes pasado: “Sabes que si vas con estos amigos, vas a acabar mal… Pero vaya, tú verás…”. Todo esto transmitiendo rechazo corporal. El contenido del mensaje es que Jan puede ir con los amigos que él quiere, pero la intención es que como lo haga, su madre se va a enfadar.

El papá de Sandra: “Puedes explicarme lo que sea… (y al rato) me digas, lo que me digas, no me va a calmar porque esto no te lo puedo perdonar”. El contenido del mensaje aquí es que Sandra tiene libertad para explicar lo que quiera, pero la intención es que según lo que vaya a explicar  puede doler y enfadar a su padre.

En estos casos, el receptor (los hijos) pierden si lo hacen, pero pierden también si no lo hacen. Puesto que hagan lo que hagan el disgusto de sus padres lo van a recibir, el deseo real de lo que ellos querían hacer lo van a perder si dejan de hacerlo, y ¿con qué se quedaran? con lo que vayan aprendiendo que es mejor para ellos y pondrán en una balanza el peso de que mamá y/o papá se disgusten o hacer lo que realmente deseen.

Los papás que juegan con la retirada de afecto tendrán las de ganar en los dos ejemplos. Jan se resignará a ir con esos amigos de instituto y Sandra sufrirá penitencia por lo que haya hecho y no haya explicado a sus padres, pero hará lo que sea (aunque le cueste la vida) para que ellos vuelvan a aceptarla y quererla.

No son más que ilusiones de alternativas, no opciones reales.

La madre que exige a su hijo pequeño que haga la tarea escolar, pero no sólo esto, sino que debe hacerlo con gusto.

O el padre que le dice a si hijo: “Ve a tu habitación, y no salgas hasta que estés de buen humor” (tienes sí o sí la obligación de estar alegre).

¿Queremos hijos imaginarios y sumisos? ¿Hijos que hagan lo que nosotros queramos para sentirnos recompensados por todo lo que hacemos por ellos? ¿ Queremos hijos reales, con ideas propias, que se equivoquen libremente, y que sepan que ahí estamos sin retirar amor?

Y ahora quiero que… ¡no pienses en un elefante rosa!!

 

Os invito a ver este vídeo: extraído de la película Family Life (1971) de Ken Loach