Rectificar es de sabios, dicen.

Llegó a casa con las piernas llenas de moretones (no es la primera vez), y le pregunté: ¿qué ha pasado? ¿Cómo te has hecho eso? A lo que ella me contestó, ha sido B y N, que en el patio me han pegado, porque me regalaron una flor y yo no la quería y la tiré al suelo… por eso mamá.

(Ahí es cuando sientes como la sangre hierve por dentro, y piensas, “Vale, vale, tranquila. Vamos a reencuadrar esto”).

¿Martina, y tú que has hecho después? ¿Se lo has dicho a la señorita, cariño?. “Sí, mamá, se lo he dicho a la señorita, y ya está, no ha pasado nada más, les ha dicho que no lo volvieran a hacer y he seguido jugando”.

¿Y YAAAA????

(Ahí fui consciente de que algo fallaba)

Ese día me replantee qué es lo que estábamos haciendo en casa cuando surge un problema o una situación difícil para ella.

1.- SURGE EL PROBLEMA Y ESTÁ MAMÁ Y PAPÁ

No hay mucho que pensar ahí, Martina se viene, nos lo cuenta, y hacemos que ella piense una solución por ella misma, y si no aparece, la ayudamos nosotros a encontrarla. Eso está ya muy entrenado en casa, ella sabe que hay coherencia emocional entre nosotros y que todo nos lo puede explicar porque nadie se va a enfadar con ella.

2.- SURGE EL PROBLEMA Y NO ESTÁN NI PAPÁ NI MAMÁ

Aquí ya es más difícil. Aquí la cosa cambia, y es aquí donde ella realmente se va encontrar día a día. Ya que se pasan la mayor parte de las horas fuera de casa en el colegio. A distancia también se trabaja, mediante cuentos que abarcan temáticas interesantes para su vida, o provocando situaciones con las muñecas y simulando ser la profesora y sus compañeras de clase, etc. ¿Pero como lo trabajamos más? ¿Qué mensajes les damos para que ellos tengan el permiso verdaderamente de defenderse fuera de casa? Como es en este caso. Martina llega con las piernas llenas de morados, pero ¿por qué otros niños no?? Me escuché mi discurso cuando aparece algo así y volví 30 años atrás. En mi infancia, el mensaje estaba claro: “No se tiene que pegar, pegar está mal”. Eso está muy bien, pero se inculca y se clava como una premisa para no poder reaccionar ante una acción agresiva. Estoy de acuerdo en la no agresividad, en las peleas en sí y porque sí. Pero cuando una persona tiene ese guión de vida es imposible que se devuelva a una patada o un empujón si mi discurso es: ¿Y ya se lo has dicho a la señorita, cariño? ¡Y ahí le di en el clavo! Martina no tenía permiso para devolverse, para defenderse. Martina solamente tiene permiso para ir a la señorita y decirle lo que le ha ocurrido después de haber recibido el tortazo.

Rápidamente cambié el patrón de Martina, y la fórmula a partir de ya es: “Si te pegan, defiéndete, devuélvete y luego explícaselo a la señorita”.

¿Cómo vamos a pretender que vayan por la vida solos? Ellos mismos y ya des de pequeñitos tienen que tener PERMISO A LA DEFENSA. PERMISO A DECIR NO. PERMISO A DECIR HASTA AQUÍ.

Y ¿te has planteado alguna vez quién le da esos permisos? Sí, tú papá y mamá. TÚ.

Particularmente una de las artes marciales que más me gusta es el JUDO (柔道, じゅうどう ).  La no resistencia en este arte constituye un principio técnico primordial. Un judoca debe ceder a la fuerza de su oponente conforme si se es empujado o traído, ya que, al obrar así, no solamente se anula el esfuerzo contrario y se optimiza el gasto de la propia energía, sino que facilita más la conservación del equilibrio de lo que se lograría al ofrecer resistencia, al tiempo que se debilita el equilibrio del oponente. En una palabra, es la manera de aceptar las cosas según se presentan para cambiarlas ventajosamente. Vamos a convertir a nuestra peque en una gran judoca.

Martina tienes permiso a defenderte,

a devolverte,

a no dejarte pegar,

a decir no,

y a decir hasta aquí te dejo entrar.