Perdón…

Perdón…

 

Hemos de permitirnos sentir toda la dolorosa destrucción que deseamos perdonar

y no tragárnosla negándola. Si no la encaramos, no podemos elegir perdonarla.

KENNETH McNOLL, “Healing the family tree”

Sencillo pero no fácil es perdonar. Cuando perdonas no implica que lo que la otra persona hiciera estuviera bien o mal, o fuera menos importante para ti en ese momento. Perdonar libera. Te libera de esa rabia, tristeza, decepción, o de lo que fuera te provocase.

Alice Miller, afirma que cuando se les pide a los hijos que perdonen a los padres abusivos sin primero experimentar sus emociones y su dolor, el perdón se convierte en otra arma para silenciar.

Y es lo que llamo: perdóname deprisa. Padres que necesitan estar bien constantemente con sus hijos. Ya hablamos más de edades adolescentes. Tenerlos controlados. Saberlo todo de ellos: dónde van, con quién, quién les llama y quién no. Y sí, la información es imprescindible pero cuidado en cómo se gestiona. Asume que como padre o madre, por muy bien que se quieran hacer las cosas, por muy mucho que los ames y quieras “guiar por  el (tu) buen camino”, las cosas debes dejarlas fluir, silenciar, reposar, desinflamar.

Y quienes más lo sufren: los niños. A menudo, pasan etapas en las que necesitan tu perdón para todo. Hagan lo que hagan, y según vean la expresión de la cara de sus padres ante un determinado hecho, acto o palabra, responderán ipso facto con un: “Perdona mamá o perdona papá”. La sensación de que pertenecen y son amados necesita ser prioritaria a lo que haya sucedido.

¿Cómo actuar entonces? Hacer reflexionar ante el perdón no entiende de edades. Apresurarse a perdonar, así como apresurarse a querer ser perdonado cuanto antes no es más que otra forma de negación a lo que sucede dentro de nosotros. Para llegar al perdón de verdad, necesitamos que la situación dolorosa crezca dentro de nosotros. Reflexionarla y sentirla y darle el tiempo y espacio que cada uno necesite, y así, hará que en algún momento sintamos realmente que ya no estamos más dispuestos a permitir que lo sucedido afecte adversamente a nuestra vida. Es entonces, y solamente entonces cuando el perdón lo sentiremos y seremos capaces de liberar y soltar.

Ante los “perdones” reiterados de los niños, hacer reflexionar sobre por qué piden perdón, qué es lo que ha pasado, cómo se han sentido antes, mientras y después de pedir perdón, y qué ha sucedido después hará que esta palabrita mágica no se tome a tan a la ligera.

Perdonarles, siempre los perdonaremos, está claro, son nuestros hijos. Y si aparece en algún momento: “esto no puedo perdonártelo” por ejemplo, plantearos ¿por qué? ¿qué te falta para poder hacerlo? ¿es algo que necesitas del otro? ¿o quizás algo que te falta a ti?

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