Soy tu madre, no tu amiga.

Soy tu madre, no tu amiga.

No soy tu amiga, soy tu madre. Te acompaño, escucho y escucharé siempre que lo necesites y hasta que tu me digas “basta”. Todos tenemos en nuestro interior y como si de un puzzle se tratara una pieza que es clave: nuestra intimidad, y eso no debe perderse jamás por nadie ni por nada. Esa esfera es tuya, te corresponde, es tu rincón de pensar, de llorar, de no decir. Es fundamental y necesario, es esencial de todos nosotros. Esta mañana mientras Martina recitaba un poema de navidad, y yo con la intención de volver a escucharlo de nuevo le dije: “Martina, qué chulo, ¿me lo vuelves a decir?, no me habías explicado que en el colegio os enseñaron este poema”.

Y después pensé, ¿y qué?, ¿y qué si no te lo ha explicado antes?

Estamos acostumbrados a confundir sinceridad con contártelo todo, a confianza con tengo que saber toda tu vida, a que si tu hijo está solo en su habitación es que algo (malo) le ocurre, y eso trasladado en todos los ámbitos: pareja, trabajo, familia, etc.

Muchísimas madres de niños que vienen a la consulta, describen su relación con sus hijos como si fueran sus mejores amigos/as.

Martina y yo somos dos. Cada una tiene su rol, ella el rol de hija, yo el de madre. Cada una debe respetar ese estatus porque de no ser así nacen las carencias que en un futuro van a exigir cubrirse por alguna de las dos, y eso no lo permito. A menudo ella convencida me mira a los ojos y me afirma: “Yo de mayor quiero ser como tú”. A lo que le respondo con todo el cariño del mundo que eso no va a ser posible porque ella ya es única y así debe seguir siendo.

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