Leído en el libro “El buen amor en la pareja” de Joan Garriga: “El compromiso es el fruto de un proceso y significa: Ahora, nuestro amor, nuestro vínculo y lo que hemos creado en común tiene más fuerza y más peso que nuestras parejas anteriores y que nuestra familia de origen. Este nuevo sistema que hemos creado tiene ahora prioridad. La pareja empieza a hacer las cosas de una manera propia, diferente de la manera de la familia de cada uno, y crea una realidad propia que tiene más peso que las familias de origen.”

Cuando nos unimos en pareja, unimos dos sistemas. Cuando nos casamos, lo hacemos con veinte (o más) y no con uno. Con sus heridas, sus reproches, sus intimidades y secretos, sus mentiras y verdades (las del sistema). A priori eso parece estresante pero, si tenemos los ojos bien abiertos, nos ofrece la oportunidad de construir un vínculo seguro entre dos, respetando raíces, necesitando ajustes y desajustes, en definitiva, conociendo historias y creando la tuya propia.

Cuando uno y uno suman más que dos, la eliges,  pero no lo que lleva consigo. Su sistema de origen. El principio de nuestro amoroso camino juntos, en la mayoría de ocasiones, no encontramos piedras, ¿pero y cuándo el sistema debe dejar entrar a un miembro nuevo? ¿Qué ocurre cuando llegan los hijos? Seamos sinceros, que el rosa pastel del que estaba pintada tu vida, empieza a desteñirse.

Maravilloso es, tener hijos, lo es, sí. Y necesario también el hecho de organizarnos como miembros en el nuevo sistema familiar. Más bien diría yo: prioritario. Poner orden y hacerlo de una manera propia. Explorar qué es con lo que me quedo de lo aprendido en mi familia de origen y descartar lo que sea incompatible al nuevo sistema, para salvarlo, para regarlo, renovarlo y no ahogarlo. Ahí, todas las piezas deben ser recolocadas de nuevo. Dejamos entrar a ese nuevo miembro y como si de una partida de ajedrez se tratara, los jugadores se ponen alerta, visualizan su juego, y qué os voy a decir: “Empieza la partida”.

Una partida en la que debes premeditar el movimiento para no perder tu pieza. Entran en juego deslealtades para los ojos del contrincante, puede que te hayas vuelto un egoísta que cambió sin razón, alguien a quien aparentemente le importen una mierda los demás. Pero decides que eso no te envuelva, te sucumba hasta perder la cabeza y te vuelva loco, y decides no quedarte ahí en el suelo esperando a recibir el próximo golpe.  Te recolocas, ubicas tu YO dentro de ti. Como persona, como elemento, como individuo aislado. Aunque al principio se te remuevan las tripas por priorizar, aunque pases noches en vela pensando en ese ensayo-error, ensayo-error. Respiras, cierras los ojos y encajas, como puedes, pero encajas. Y es entonces desde la paz, devuelves honestidad, humildad, respeto y amor a tu nuevo sistema.

Sí, nada volverá a ser igual, y así debe ser. Si más no, ahora, y por ahora.  Un sin vivir que quiere vivir, quiere piezas colocadas en su sitio, equilibradas. Y una vida , una nueva vida que te da la oportunidad de encontrar la tuya. Vivirte, soñarte y enamorarte de ti. De tu pareja. De tu nuevo sistema, borrando sombras. Y es que así es, nuestros hijos no son nuestros, no somos de nuestros padres, son y somos hijos de la vida, del mundo, de tu camino, de lo que tu elijas y ahora de tu nuevo sistema, y regalarle a él, a nuestra pareja, a nuestro hijo, a ese niño: una independencia, un respeto, y un amor sin sombras solamente pasa por ocupar nuestro lugar. Ni más ni menos que eso.Encuentra y ocupa tu lugar.